
Migraña por alimentos
La migraña es una de las enfermedades neurológicas crónicas más comunes, afectando a más del 12% de la población general, con una incidencia cuatro veces mayor en mujeres.
Esta condición puede llegar a ser muy incapacitante, limitando significativamente la calidad de vida y la funcionalidad de quienes la padecen. Un episodio severo de migraña puede ser tan incapacitante como otras enfermedades graves, afectando profundamente la vida cotidiana.
En Chile, el impacto de esta enfermedad es significativo, afectando a un número considerable de personas y para ilustrarlo, se ha comparado la cantidad de afectados con la capacidad del Estadio Nacional, afirmando que la población migrañosa podría llenarlo alrededor de 60 veces.
Esto resalta la prevalencia de la migraña y su impacto en la vida diaria, con síntomas típicos que incluyen dolor de cabeza intenso que suele afectar solo una mitad del cráneo y puede cambiar de ubicación con el tiempo.
Este dolor es pulsátil y se agrava con la actividad física normal. Además, es común que se asocie con náuseas, vómitos, fotofobia (sensibilidad a la luz) y sonofobia (sensibilidad a los sonidos).
En el caso de las mujeres, la migraña está estrechamente relacionada con los cambios hormonales del ciclo menstrual, siendo esta una de las principales causas en este grupo. Además, otros factores como ciertos alimentos, trastornos del sueño y el estrés pueden desencadenar migrañas.
Los alimentos más comunes que actúan como desencadenantes incluyen quesos, huevos, palta, plátano, chocolate, tomate, alimentos light, cítricos, cerveza, nueces, almendras, maní, entre otros.
El diagnóstico adecuado de la migraña debe ser realizado por un especialista, preferiblemente un neurólogo o médicos con formación en neurología, ya que, aunque no tiene cura, existen tratamientos que ayudan a manejar la enfermedad.
En general, la migraña tiende a disminuir en frecuencia e intensidad en algunos pacientes al llegar a los 60 o 70 años, especialmente en mujeres, en quienes suele mejorar alrededor de los 50 años con la llegada de la perimenopausia.
Existen dos tipos principales de tratamiento: preventivo y analgésico. El tratamiento preventivo, que se toma diariamente, busca reducir la frecuencia e intensidad de las migrañas, y puede incluir medicamentos que originalmente fueron diseñados para otras afecciones, como antiepilépticos, antihipertensivos o antidepresivos.
Estos fármacos son de fácil acceso pero deben ser siempre prescritos y monitoreados por un médico. Los medicamentos específicos para la migraña, aunque más efectivos y mejor tolerados, suelen ser más costosos y menos accesibles.
En aquellos casos donde los pacientes experimentan migrañas leves, con menos de 4 días de dolor al mes, se suele recomendar un tratamiento analgésico según las características individuales de la persona, en lugar de un tratamiento preventivo.
Además del tratamiento farmacológico, es esencial adoptar cambios en el estilo de vida para controlar mejor la migraña.
Dormir entre 6 y 8 horas diarias, mantener una alimentación con horarios regulares, evitar ayunos prolongados y mantener una hidratación adecuada son factores clave.
También es recomendable reducir el consumo de alimentos y bebidas que contienen cafeína, realizar ejercicio físico regularmente y controlar el estrés.
Cuando los episodios de dolor de cabeza son más frecuentes, es decir, más de 4 días al mes, o si afectan significativamente la calidad de vida, se recomienda iniciar un tratamiento preventivo.
Este tratamiento debe mantenerse por un periodo mínimo de 6 meses a un año, y dependiendo de la respuesta del paciente, puede prolongarse o ajustarse.

