
Las exportaciones de avellana de Turquía cayeron un 31% durante los primeros cuatro meses de 2026 a causa de heladas tardías, y Chile está en posición de capitalizar ese vacío con una industria que proyecta duplicar su tamaño en diez años y alcanzar los US$1.200 millones en ingresos anuales.
Por qué Turquía está perdiendo terreno
Turquía produce entre el 65% y el 70% de las avellanas del mundo en condiciones normales, pero las heladas de la temporada 2025-2026 golpearon con fuerza los huertos del norte del país. El resultado fue una caída del 31% en las exportaciones durante enero-abril de 2026 respecto al mismo período del año anterior.
El golpe llega en un momento crítico. La demanda global de avellana sigue en alza por el crecimiento de la industria chocolatera, los alimentos funcionales y los productos derivados de frutos secos. Cuando el principal proveedor del mundo tropieza, los compradores buscan alternativas, y Chile lleva años preparándose para ser esa alternativa.
La oportunidad histórica para Chile
El mercado global de avellanas podría superar los US mil millones dentro de una década. Para Chile, eso representa una ventana que no se ha abierto así en décadas: el director de Nefuen, Jorge Mohr, proyecta que la industria nacional puede duplicar su tamaño y llegar a US.200 millones en ingresos anuales, y el timing con la debilidad turca es inmejorable.
No es casual que el interés internacional se esté materializando precisamente ahora. Se han anunciado expansiones vinculadas a proyectos relacionados con Ferrero —el mayor comprador de avellanas del planeta, responsable de la Nutella y el Kinder— lo que confirma que Chile está en el radar de los grandes actores de la cadena.
La avellana no es el único producto chileno que está conquistando mercados internacionales: los choritos chilenos ya viajan en buques fragata hasta Nueva York y se sirven en restaurantes de alta gama, una señal de que la gastronomía del país está ganando reconocimiento global.
La apuesta en Osorno y la genética local
Uno de los hitos del sector es la inauguración de una planta procesadora de avellanas en Osorno, la más austral del mundo. La instalación es estratégica no solo por su capacidad instalada, sino porque consolida al sur de Chile como hub logístico y de transformación del fruto, acortando la cadena desde el huerto al comprador final.
En paralelo, viveros como Cuatro Vientos trabajan en el desarrollo de genética local y propagación in vitro, lo que a largo plazo puede darle a Chile variedades adaptadas a su clima con rendimientos más estables que los cultivos importados. La apuesta por la investigación es clave cuando el sector compite por ser un proveedor confiable en un mercado global exigente.
La innovación en el sector agroalimentario chileno avanza en múltiples frentes: la edición genética del trigo también está en desarrollo para hacer el pan chileno más seguro, reduciendo la acrilamida que se forma durante el horneado.
Qué hay detrás del sabor de la avellana
Para quien la consume, la avellana es ante todo un placer: cremosa, con ese amargor fino que equilibra los dulces, presente en el mazapán, el turrón, la Nutella y los rellenos de bombones. La diferencia entre una avellana de calidad y una mediocre está en el punto de tostado, la humedad residual y la frescura post-cosecha.
Chile lleva ventaja en frescura para los mercados sudamericanos: la avellana local llega con menos meses de almacenamiento que la turca, lo que se traduce en mayor contenido de ácidos grasos sin oxidar y un sabor más limpio. Cuando el sector madure la cadena de frío y la genética local, esa ventaja puede ser un argumento diferenciador potente.
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